Economía

Los datos del derrumbe kirchnerista

Impresiona que entre 2008 y 2015 las exportaciones de soja derramaron cerca de 177.000 millones de dólares, a un promedio de 22.100 millones por año y ver que el ciclo de Cristina Kirchner termine abrazado a los yuanes de China, pidiendo a Moscú por un paquete de rublos y tan escaso de divisas que deben racionar importaciones imprescindibles. (por Alcadio Oña)

Buenos Aires, 13 de setiembre.(caraycecaonline) Impresiona ver todo junto. Impresiona que entre 2008 y 2015 las exportaciones de soja vayan a derramar cerca de 177.000 millones de dólares, a un promedio de 22.100 millones por año.

Impresiona que pese a semejante respaldo el ciclo de Cristina Kirchner termine abrazado a los yuanes de China, tocando las puertas de Moscú por un paquete de rublos y tan escaso de divisas que deben racionarse importaciones imprescindibles. Termina a puro cepo, con la Gendarmería puesta a perseguir cueveros y la AFIP pinchando la compra de dólar ahorro tras resignar, sólo desde enero, US$ 4.000 millones para maniatar al blue sin poder maniatar al blue.

Tan evidente resulta el apurón que el Banco Central vende activos dolarizados en cantidad, se compromete con operaciones a futuro que también le darán pérdida y, aún así, apenas logra contener mínimamente la presión cambiaria. Ya no es cosa de un día: es cosa de todos los días.

Trepado a los misma bicicleta financiera, el Ministerio de Economía licita bonos que se ajustan por el tipo de cambio y que son, de hecho, una invitación a apostar a las devaluaciones post 2015. Ofrece un negocio atractivo y de riesgo limitado, pero tampoco consigue calmar la fiebre dolarizadora.

El kirchnerismo podrá seguir batiendo el parche con el desendeudamiento y decir, sin decirlo expresamente, que la lluvia de soja dólares permitió saldar obligaciones heredadas de otros gobiernos. Aunque el contrarrelato dirá que la deuda pública continúa en aumento y que todo se hace a costas de las reservas del Central y de dejar seriamente comprometido el patrimonio de la principal institución financiera del país.

Una dimensión del zafarrancho emerge nítida en algunos datos de la Fundación Capital:

– Los bonos que el Gobierno entregó al BCRA por las divisas que le sacó y fueron a la cuenta de los acreedores del exterior, equivalen hoy al 165% de las reservas, o sea, las superan en 65%. En el promedio 2005-2009, esa relación daba 23%.

– Son títulos que además de rendir cero de intereses dejan al descubierto el lado menos presentable del desendeudamiento kirchnerista: el de cambiar deuda internacional cara por otra regalada y tomada de un prestamista cautivo.

– Así, las reservas brutas del Central –incluyendo yuanes y otros fondos que no son de su propiedad– han caído al 7% del PBI. Frente al 15% del promedio 2005-2009, se redujeron a menos de la mitad.

Habitualmente dispuestos a usar la relación deuda-PBI para mostrar cómo ha bajado el peso de la deuda, los funcionarios de Economía pasan de largo la relación reservas-PBI. Todo tiene que ver con todo, diría la Presidenta: claro está, siempre y cuando convenga al relato oficial.

Lo que viene también impresiona.

El crecimiento del déficit fiscal ha sido tal que, a valores de hoy, en 2015 equivaldrá a la producción automotriz de veintiocho años o a diez cosechas de soja. Será el más grande desde 1989 y mayor a cualquiera de los fatídicos 90.

Salta evidente, ahí mismo, que la presión impositiva siempre récord resultó insuficiente y más aún: el sesgo regresivo, desigual, que la carga fiscal tenía en 2003 se profundizó y si hubo algún cambio, fue para sumar plata a la caja del poder central.

Plata sobre plata, tampoco alcanzó que durante la temporada cristinista las retenciones a la súper soja vayan a dejar alrededor de US$ 61.000 millones.

¿Y quién tapa el agujero y financia las políticas del Gobierno?: como con las reservas, nuevamente el Banco Central (ver infografía). Lo sigue la ANSeS, o sea, los jubilados y por fuera del discurso aquí asoma una explicación a la estatización de los recursos de las AFJP en 2008.

De todo esto también se habla cuando se habla de un Estado potente. O, más precisamente, de un Estado al servicio del poder, funcional a los objetivos políticos del poder y a menudo de los intereses contantes y sonantes de quienes lo manejan.

Con un mundo que ahora sí se ha puesto de punta y un país escaso de reservas, enfrentar el problema del sector externo forzará respuestas rápidas del próximo gobierno. Seguramente venga una mezcla de financiamiento internacional atado a un acuerdo con los fondos buitre, de correcciones para el atraso cambiario, de estímulos a las exportaciones y apertura del cepo.

En simultáneo, tocará poner en caja el fuerte déficit fiscal. Sin espacio para aumentar la presión impositiva, aquí tallarán el gasto público, las tarifas y los subsidios.

Bajo el método que cada cual elija, gradual, más o menos gradual o de un golpe, detrás del ordenamiento de variables claramente desordenadas late un ajuste. Y un ajuste que deberá calibrar el impacto de las decisiones sobre la inflación y el costo político de las decisiones.

Tanto Daniel Scioli como Mauricio Macri, el propio Sergio Massa, conocen de sobra que tienen delante un campo minado. Aunque las soluciones que proyectan sus equipos no sean similares o lo sean solo parcialmente.

Es impensable que el Gobierno permita a los economistas de Macri y de Massa enterarse, desde adentro, de cómo realmente están cosas que ellos advierten desde afuera.

¿Y qué ocurre con los de Scioli?: lo mismo o casi lo mismo. Primero, porque existen detalles que es mejor ocultar y, después de todo, porque el juego de Cristina Kirchner pasa por otro lado, por el propio y no justamente por el de hacérsela fácil al gobernador.

Lo poco que hay son algunas conversaciones entre Rafael Perelmiter, el hombre de mayor confianza de Scioli, y Axel Kicillof. Pero dentro de un espacio restringido a ciertos compromisos inmediatos asociados a la caja: al fin, la gran obsesión del contador Perelmiter es el equilibrio fiscal.

Cuentan en La Plata que, si llega a la presidencia, Scioli mantendría a Ricardo Echegaray en la AFIP y a Alejandro Vanoli en el Banco Central. Serían los únicos peso pesados del equipo económico cristinista que seguirían.

Cuentan también que el objetivo de filtrar su futuro gabinete, de apurar un paso previsto para más adelante, forma parte de la decisión de desmarcarse públicamente del Gobierno. Y agregan: “Está madurando la idea de darles lugares a Jorge Taiana y a Daniel Filmus”. Ni hace falta decir que la Presidenta toma nota de cada movida.

Puesto a mirar el cuadro completo, afirma un analista: “Será definitivamente clave que el próximo presidente empiece a acertar de entrada con las decisiones, de modo de encarrilar la economía durante el primer semestre y entrar al segundo en crecimiento”.

Su proyección apunta a abril o mayo de 2017, cuando comenzarán a dirimirse las candidaturas para las elecciones legislativas y resultará crucial el capital político acumulado hasta entonces. “En el caso de Scioli, dice, de eso dependerá que sea él mismo quien marque la cancha o que quede preso del kirchnerismo”.

Todo tan lejos y tan cerca la vez, lo cierto nuevamente es que del neoimpresionismo kirchnerista queda un impresionante derroche de oportunidades.

Eso salta patente en la falta de inversiones, en el muy extendido déficit de infraestrucutura, desde energía y caminos hasta ferrocarriles y puertos, y también salta en el estancamiento económico de los últimos cuatro años. No por nada, finalmente, nunca se pasó del crecimiento a su estadio superior, el desarrollo.(www.caraycecaonline.com.ar)