Política

La monja que no para de marchar

Buenos Aires, 20 de setiembre.(caraycecaonline) A los 17 le había planteado a su padre que quería entrar a un convento y hacerse monja. Su padre le dijo que esperara a los 22, porque era muy chica para decidir esas cosas y que hasta entonces hiciera su vida normal. Martha esperó a que pasaran cinco febreros […]

Buenos Aires, 20 de setiembre.(caraycecaonline) A los 17 le había planteado a su padre que quería entrar a un convento y hacerse monja. Su padre le dijo que esperara a los 22, porque era muy chica para decidir esas cosas y que hasta entonces hiciera su vida normal. Martha esperó a que pasaran cinco febreros espantando aspirantes a novios y, a poco de cumplir 22 años, se fue al noviciado de Santos Lugares. Al tiempo, el convento era un alboroto los días de visitas, porque había tres o cuatro grupos de personas diferentes que iban a ver a Marthita. La madre superiora la instó a elegir: los amigos o la familia. Eligió la familia, pero igual se las ingeniaba para mantener la vida social, la relación con los otros. Estar adentro no significa no ver lo que pasa afuera. Estudió y se graduó en Filosofía y Letras y en Ciencias de la Educación, y comenzaron sus destinos como misionera. En 1987 le detectaron un cáncer de mama bastante desarrollado.

«Recé mucho, muchísimo, y me curé. Le canjeé mi vida a Dios. Le dije a Dios que si me regalaba vida no la iba a desperdiciar«.

Entonces llegó a Catamarca.

Ahí dirigía el Colegio del Carmen y San José cuando una alumna de 5° año, María Soledad Morales, apareció asesinada en un zanjón, al costado de una ruta. Al cuarto día, las compañeras de la víctima hicieron una marcha en reclamo de justicia y caminaron por el centro de la ciudad acompañadas por 2.000 personas. ¿Debía la directora religiosa marchar con la gente o debía quedarse al margen, acompañando el pedido de justicia desde el rincón del claustro y la oración solitaria?

Fue entonces cuando la hermana Martha eligió de nuevo. Se puso al frente de la segunda marcha, esta vez con 4.000 personas, y pidió que fuera «en silencio». Era el 20 de septiembre de 1990. Nunca antes el silencio había gritado tantas cosas.

¿Ya 25 años? Exactos. Justo hoy.

Martha Amelia Pelloni tiene 74, ahora, y atiende el teléfono en Goya, Corrientes, su destino después de la tormenta catamarqueña que terminó con un gobierno provincial intervenido, un sistema de poder feudal desenmascarado -pero lejos de la agonía, según seguimos viendo en tantas provincias tantos años después- y dos culpables, Guillermo Luque y Luis Tula, condenados. Que ahora están libres de nuevo.

«El día de la primera marcha me vino a ver el jefe de Policía de Catamarca y me tuvo ahí, como retenida en mi despacho de la dirección del Colegio, mientras me explicaba las tres hipótesis que ellos tenían del crimen de María Soledad: que era una cosa pasional con algún novio, que la había matado un tío de ella que era carnicero o que la había atacado una secta que la mató y tiró su cuerpo en la ruta cuando se iban de Catamarca. Yo escuchaba y no decía nada. Todo me parecía muy raro. Sólo les dije a las chicas que quisieran ir a pedir justicia que fueran, pero en silencio. Y que les pidieran a sus padres que las acompañaran. Y a los docentes. Esa primera marcha fue a la mañana. Fueron todas las chicas menos una, que era hija de un policía y como veía que el jefe de la Policía estaba en el colegio no se animó».

La hermana Martha no pudo encontrar a un docente que escribiera algo para el velorio de María Soledad. Todos estaban en shock. Entonces ella se sentó de madrugada a armar una esquela que después leyó frente a todos: «Esta muerte tiene que significar algo. María Soledad, a partir de hoy te convertís en el ángel tutelar de la juventud catamarqueña…».

La Policía quería llevarse a las chicas a declarar en ese mismo instante. La monja no las dejó. «Son menores. Ninguna se va a mover de acá sin la autorización de sus padres. Váyanse… no es el momento», les dijo a los policías. Desde entonces empezaron a vigilarla.

Tras las primeras marchas llegaron supervisores de la Secretaría de Enseñanza Privada del Ministerio de Educación. Fueron a pedir que no se marchara en horario de clase, porque eso iba a perjudicar a las alumnas. Pensaron que esa exigencia terminaría con las marchas. Pero las potenció. Se decidió empezar a marchar todos los jueves a las 18.30, después de clase, y la hora hizo que se sumaran miles de personas que ya habían salido de su trabajo. Y la gente que estaba con miedo, y que ahora se animaba a mezclarse entre la multitud. Y los amigos de los que tenían miedo, para acompañarlos y envalentonarse entre todos contra la injusticia.

Muchas marchas vinieron tras aquellas marchas, pero es difícil trasplantar la emoción, el nudo en la garganta, los ojos inundados, las caras de esas chicas, el sonido de miles de suelas de calzado sobre el asfalto hirviente de Catamarca, rozándolo, raspándolo con cada paso. Eso era lo único que se oía. Llegó a haber 30.000 personas. Y ni una palabra. No había nada que decir porque estaba todo dicho. Justicia para María Soledad y castigo para sus asesinos y encubridores. No importa si entre ellos estaba el hijo de un diputado nacional, el sobrino del gobernador, el hijo del jefe de Policía o quien fuera. La Justicia es ciega, ¿no? Que así sea. Que escuche el silencio, entonces.

El gobierno de la Provincia cayó, pero la investigación se centró en sólo dos de los sospechosos que luego fueron condenados. A Martha Pelloni le dijeron que seguiría en Catamarca, pero el 2 de diciembre de 1991 el presidente Carlos Menem fue a la Provincia y se reunió 15 minutos con el obispo. Al rato le dijeron a la hermana Pelloni que debía continuar con su misión… pero en otro lado. En la provincia de Corrientes.

Estuvo en Goya hasta el 2000. Después fue directora de su congregación para Argentina, Uruguay y Bolivia y se instaló en Buenos Aires. Después a Curuzú Cuatiá, en Corrientes de nuevo. Y desde 2008 otra vez a Goya. Ahí es representante legal del Colegio Santa Teresa y maneja la ONG Infancia Robada, que atiende casos de trata de personas, violencia familiar y abusos sexuales.

La hermana Martha se levanta cada día a las 5 de la madrugada. Camina media hora por el patio del Colegio para hacer ejercicio. Reza una hora. Prepara el desayuno. A las 7.40 va a un comedor a dar Catequesis. A la tarde a una Fundación para emprendimientos de campesinos. Y recibe gente. Gente que la busca, que la espera lo que sea necesario. Gente que quiere hablar con ella antes que con la Policía o la Justicia. Después, los casos se van derivando. La gente la busca por cosas que no encuentra en el Estado. A veces alimento. A veces trabajo. A veces justicia. A veces una mano, una palabra, algo que ayude a salir de la droga.

«Es muy duro el tema de la droga. Se ve en todos lados. Es durísimo. Cada vez que puedo repito lo mismo. Yo les pregunto a los políticos que vamos a votar en octubre qué van a hacer con el narcotráfico. Qué van a hacer con la corrupción. Si no resolvemos eso, nada funciona bien. Nada».

En 2005 fue nominada al Premio Nobel de la Paz. En 2013 le dieron el Premio Príncipe de Viana a la Solidaridad en Navarra, España.

Nunca dejó de marchar. Hace tres meses estuvo en la marcha por Ni una Menos. «Sí, salimos a marchar acá, por el centro de Goya. Fue hermoso porque hubo mucha participación de los hombres, también».

-¿Y hasta cuándo va a marchar, hermana?

-Hasta que me dé el cuero. Ya tengo 74. Las marchas son buenas porque abren las mentes de las personas. Como te dije, si Dios me regala vida no la voy a desperdiciar…

Nadie nunca había marchado así, como en aquella Catamarca. Después sí, después hubo muchas otras marchas. Las hay cada semana. Este es el país de la soja, de Messi, del Papa, y de las marchas. Siempre alguien está marchando por algo, porque cuesta que los funcionarios vean algo si no ven que la gente marcha. Con ruido o en silencio, nos acostumbramos a marchar. ¿Ella fue la que nos enseñó?

Pasaron decenas de marchas, centenares. Miles. Hasta llegar a la de justicia por Nisman, también en silencio, este año. No muchos la vieron pero ahí, mezclada en la multitud que caminó por Avenida de Mayo, también iba Martha Pelloni. Bajo la lluvia torrencial. La monja que no para de marchar.(www.caraycecaonline.com.ar)

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