Editoriales Panorama político

Una campaña libidinosa

El presidente Macri en el acto de Ferro

Un buen sector de los políticos, especialmente entre los peronistas, preferirá eludir los grandes riesgos, limitarse a cambiar las cosas ligeramente, eliminar lo más escandaloso, mejorar el diálogo, hacer una limpiada de cara y mantener lo sustantivo de un estado de cosas caótico pero altamente productivo para quienes lo gobiernen. Suele llamarse a esta alternativa «transformismo»: el famoso «cambiar algo para que nada cambie».

Buenos Aires, 6 de mayo.(caraycecaonline) Con el inicio de campaña electoral, queda claro que  de nuevo los deseos superan a la realidad, como suele ocurrir con la líbido. Las apetencias del ex embajador farandulero Martín Lousteau podrían enrarecer la situación en la ciudad de Buenos Aires. Pero como dijo la sacerdotisa de Exaltación de la Cruz , la doctora Carrió , los caprichos de un niño no van a alterar demasiado el horizonte, por mas que Enrique «Coti» Nosiglia y otros aprovechados traficantes políticos que suelen acompañarlo. El panorama bonaerense, parece más complejo aunque la mano de Rogelio Frigerio se advierte en la captación de sectores nonatos de renovadores desencantados y peronistas hastiados. En el Conurbano la presencia de jóvenes intendentes oficialistas busca establecerse como la justa medida ante el desgaste de los ex «barones» duhaldistas, que tomaron el colectivo kirchnerista y ahora no saben donde bajarse.

A nivel nacional, el ingeniero presidente parece dispuesto a ajustar la máquina electoral con alianzas vigentes que le garantizan algunas ventajas . El 2×1 cortesano no ayuda, y por mas que busque desligarse declamando la independencia de poderes, el humor social va a pasarle la cuenta al Gobierno, en una etapa donde la violencia aflora como uno de los ejes de mayor preocupación de la sociedad. Se suma la inflación, aún sin un efectivo control. El banquero Federico Sturzenegger no es «Terminator», y si el resto del equipo no acompaña, será otra variable que puede influír en la definición electoral. ¿ Se viene el voto bolsillo ?

En las próximas legislativas el electorado deberá optar entre quienes apuestan a reconstruir las instituciones, el Estado y hasta las reglas, y quienes proponen cambiar algo, para que nada cambie.
Es un período de decisiones importantes. ¿Cómo se organizará el electorado? Con un sistema de partidos débil, reglas electorales rígidas y alianzas necesarias, el riesgo de errar en el diagnóstico es muy grande. Sin duda la democracia necesita partidos organizados, capaces de construir la agenda pública, proponer las grandes opciones y construir alianzas.
En 1912, con la ley Sáenz Peña, se imaginó un sistema de dos grandes partidos, organizados y de ideas, como los conservadores y liberales de la época. El sistema de lista incompleta aseguró el lugar de las minorías y la posibilidad de la alternancia. Pero el sistema de partidos no llegó a constituirse. Los socialistas, adecuadamente organizados, sólo existían en la Capital; los conservadores, fuertes en muchas provincias, fracasaron una y otra vez en conformar un partido nacional. El radicalismo fue el único partido organizado, aunque su jefe, Hipólito Yrigoyen, convencido de encarnar a «la Nación misma», estaba poco interesado en el diálogo. En el gobierno, el radicalismo recurrió a los trucos de la vieja política: distribuir puestos públicos y usar la policía en las elecciones. Con todo eso, conformó una fuerza electoral imbatible.
En la década de 1940 pudo haberse constituido una alianza de partidos de centroizquierda, estimulada por la polarización ideológica del mundo contra el fascismo. Radicales, socialistas y comunistas esbozaron un frente popular antifascista al que se sumaron sindicatos, organizaciones civiles e intelectuales, que terminó de cuajar en 1943, con un gobierno militar y con simpatías por el nazifacismo. En 1945  la victoria aliada auguraba el triunfo de la llamada Unión Democrática, una coalición antifascista, con un programa de democracia institucional y reformismo social de posguerra. Pero Perón cambió todo. Con el respaldo del Ejército y de la Iglesia, convocó a los sindicatos con una propuesta tangible de reformas sociales y amalgamó otros sectores, interpelados en nombre del pueblo y de la Nación. En el gobierno, combinó la democratización social con el autoritarismo. No fue un partido, sino un movimiento, confundido con el Estado.
Desde 1955, los militares digitaron la democracia, proscribieron el peronismo y condenaron así a la ilegitimidad a los otros partidos. De la mano de Raúl Presbich, aquel gestor del vergonzante del Pacto Roca-Runciman de los años 30, firmado tras el golpe contra el gobierno de Yrigoyen, la llamada Revolución Libertadora inició las ataduras al FMI.
Cuando Onganía pasó del pretorianismo a la dictadura, los partidos acordaron las bases de una transición democrática. Con el abrazo de Perón y Balbín se cerró la vieja brecha, y en 1973 hubo un presidente electo, respaldado por sus opositores, de izquierda y de derecha. Al fin había reglas compartidas y diálogo entre adversarios. Pero, por otro lado, lejos de los partidos y del Congreso se desarrolló una fortísima conflictividad, presente en la puja distributiva, en el seno del peronismo y alrededor de la lucha armada. La armonía de los partidos no alcanzó para que el gobierno, envuelto en una crisis fenomenal, pudiera sostenerse. La Argentina fue otra vez sometida por una dictadura militar criminal que además la endeudó en 60.000 millones de dólares y avanzó en la destrucción de la industria nacional.
En 1983, con la ilusión democrática se reconstruyeron los partidos políticos, con los mejores augurios. Hubo afiliación masiva, nuevos dirigentes, programas y debates. El peronismo se reorganizó, aceptó ser una fuerza entre otras y entró en el juego democrático. En 1988 tuvo una elección interna ejemplar y en 1989 venció al radicalismo. Compitieron Angeloz y Menem. El sistema parecía empezar a funcionar.

Pero la hiperinflación de 1989 y la crisis de 2001 contribuyeron a destruir la ilusión democrática, deslegitimar la representación política y pulverizar el sistema de partidos. A caballo de ambas crisis, el peronismo volvió al poder y de hecho no lo abandonó, incluso durante el interregno de la Alianza, hasta dejar un Estado destruido y una máquina política gigantesca, aferrada a un cuerpo exangüe, es lo que dejaron a quienes tomaron la posta en 2015.

En suma, nuestra centenaria tradición política nos ha dejado solo construcciones potenciales en torno de dirigentes que, como polos magnéticos, procuran atraer a una nube de políticos de convicciones débiles y apetencias grandes. Tampoco hay instituciones, ni Estado, ni república, sino un gran desquicio en cualquier lugar que se mire. Hoy, en las vísperas,  la opción política principal pasa por la continuidad de este estado de cosas o su reversión, que consiste en primer lugar en reconstruir el orden y las reglas, y también los partidos.

Un buen sector de los políticos, especialmente entre los peronistas, preferirá eludir los grandes riesgos, limitarse a cambiar las cosas ligeramente, eliminar lo más escandaloso, mejorar el diálogo, hacer una limpiada de cara y mantener lo sustantivo de un estado de cosas caótico pero altamente productivo para quienes lo gobiernen. Suele llamarse a esta alternativa «transformismo»: el famoso «cambiar algo para que nada cambie».
Al otro lado están quienes consideran prioritaria la reconstrucción de las instituciones, el Estado, la sociedad y todo lo demás. Entre ellos hay peronistas; no se sabe cuántos ni con qué convicción. Su tarea se asemejará a la de desactivar una bomba de tiempo. Habrá problemas técnicos y de gestión, pero sobre todo inmensas dificultades políticas, pues cualquier propuesta que altere el statu quo deberá enfrentar los intereses constituidos, de muchos prebendados por el Estado y de otros que se acostumbraron a vivir en la amplia zona de legalidad gris de estas décadas.

Quienes coinciden en que ésta es la tarea prioritaria tienen ideas diferentes sobre el destino final deseado. Por ejemplo, querrán un poco más de Estado o de mercado. Será una discusión muy importante, pero que no tiene mucho sentido hoy, cuando el Estado y el mercado sigue, en muchos casos, en manos de corruptos y ventajeros.

Para llegar a esa discusión, hay tareas previas que requieren la construcción de una voluntad política muy fuerte y muy convencida, todavía incipiente, que pueda superar las duras condiciones del régimen electoral y las mucho más duras de gobernar. Los políticos tienen hoy en sus manos esa construcción, pero la opinión pública puede orientarlos, estimularlos en un sentido u otro. La opinión puede atraer a la causa de la reconstrucción a quienes son algo permeables a la opción transformista. También puede ayudar a que confluyan quienes, teniendo diferentes ideas sobre el futuro, coinciden en qué es lo que hay que hacer ahora. Quizá asi, lleguemos a un octubre con posibilidades de satisfacer la líbido vital que alimenta el inconsciente colectivo. (www.caraycecaonline.com.ar)