Editoriales Panorama Polìtico

Esperando a Francisco

Macri ante el rostro adusto de Francisco

Luego, y con toda la reverencia que nuestros pastores merecen, debe ser muy poca la gente que define su voto por lo que le diga su obispo. Los católicos prácticos, los que están atentos a la voz de los obispos, son muchos menos que el 90 % de la población del que hablan las guías eclesiásticas.( por Jorge Augusto Avila)

Buenos Aires, 13 de enero.(caraycecaonline) Las visitass  del papa Francisco a Chile y Perú,  motivan una renovada inquietud en nuestro país, donde su figura ha despertado singulares controversias desde que el 13 de marzo de 2013,  tras la renuncia de Benedicto XVI, el cònclave vaticano eligió  Papa a Jorge Mario Bergoglio, quien eligiò llamarse ‘Francisco‘, como el santo de Asís. Bergoglio es el primer pontìfice jesuita y el primero nacido en el hemisferio sur.

Desde su asunción de màxima autoridad de la Iglesia Católica, se dispararon ciertas tendencias inmanentes a la argentinidad, especialmente en el plano político: el oportunismo y el aprovechamiento. El kirchnerismo, ya herido por entonces, viró de la teoría conspirativa que veía al Papa haber sido cómplice de la dictadura, a la devoción que se  multiplicò en constantes   peregrinaciones a Roma. Una Roma que así, pareció transformarse en una suerte de “Puerta de Hierro” bis, para los desesperados adláteres de la corte cristinista en busca de refugio. Incluso instalaron al ex boxeador Guillermo Moreno en Roma, aunque no pasó de participar de algunas audiencias formales. La llegada de Mauricio Macri al poder motivó, fue otro giro dramático en la relación con el Santo Padre. Quizá olvidando los continuos cruces durante su paso  de  Arzobispo de Buenos Aires, con el entonces gobernador porteño, el gesto adusto en la primera visita del Presidente al Vaticano, tornó la visión de la relación en una suerte de constante incordio para tirios y troyanos. Ni tanto, ni tan poco.

Estos episodios tienen como trasfondo varios equívocos. El kirchnerismo, como muchos otros sectores políticos, cree ciegamente que “la Iglesia” es un importante factor de poder en la Argentina. Se cree también, tal vez tomando literalmente alguna metáfora bíblica, que “la Iglesia” es una gran majada, donde los fieles hacen lo que les dicen los obispos, aún en el terreno político y por eso la importancia de congraciarse con ellos, suponiendo que hay un “voto católico” que define elecciones.

Pero en la Argentina no hay, ni hubo un “partido católico”, aunque el peronismo pretenda desempeñar ese rol, dicho esto con todo respeto por los miles de católicos sinceros que encuentran en ese partido la opción más coherente con su fe y su conciencia. Lo cierto es que hay católicos, y también gente muy adversa a la Iglesia, en todos los partidos de alguna relevancia.

Luego, y con toda la reverencia que nuestros pastores merecen, debe ser muy poca la gente que define su voto por lo que le diga su obispo. Los católicos prácticos, los que están atentos a la voz de los obispos, son muchos menos que el 90 % de la población del que hablan las guías eclesiásticas. Es probable que, décadas atrás, haya existido algún porcentaje del padrón que dejara de votar a un partido inducidos por la opiniòn de los obispos.

Finalmente, y gracias a Dios, tampoco los obispos se sienten llamados a cumplir el papel político-electoral que algunos les deparan. Saben que la política es terreno propio de los laicos, donde el pluralismo es legítimo y debe ser la conciencia de cada cual la guía para ejercerel  los derechos. Como se lee en Iglesia y comunidad nacional, “en lo que se deja a la libre decisión de los ciudadanos, pueden inclinarse a soluciones diferentes, teniendo siempre presente, con rectitud de conciencia, el servicio del bien común y la ley de la caridad” (pag. 168). “La fidelidad a la doctrina de la Iglesia impide identificar con ella las fórmulas sectoriales o partidarias sugeridas o postuladas, aun cuando estén construidas con textos fragmentarios del Concilio o del magisterio del papa o de los obispos. Los católicos dedicados a la vida pública recordarán que a nadie le es lícito reivindicar a favor de su propia opinión la autoridad de la Iglesia” (íd.).

Pese a todo , los políticos en general asignan a “la Iglesia”  entendiendo por tal ante todo a los obispos, un peso político importante. De ahí el interés en ubicarse bien frente a ella. Porque ciertamente, no es el mismo para todos los partidos, cada uno con sus propios problemas.

El kirchnerismo residual que sigue develando trapisondas en todos los òrdenes, ha perdido el favor de los grupos católicos más “progresistas”. La estética villera de Juan Grabois y su opción utilitarista por los pobres o la causa mapuche, es un desmedro a la teología de la liberación. La Iglesia es muchas veces el lugar al cual recurren los perdedores del modelo, los desempleados, los expulsados de las empresas estatales, los sectores empobrecidos de la clase media. Muchos obispos y sacerdotes tienen por eso una visión acentuadamente negativa de las transformaciones de la “década ganada”, y no creen que sus costos inmediatos compensen los beneficios esperados. Para completar el panorama, las políticas sociales del Gobierno,  merecen más críticas que elogios o, en el mejor de los casos, las sospechas que trasunta el último comunicado de la asamblea episcopal.

El gobierno, por su lado, tiene ya bastantes problemas internos como para que alguien haga notar las contradicciones que, en cuestiones sensibles a la Iglesia, hay entre sus miembros.

Los obispos no saldrían a respaldar o a enfrentar al oficialismo, ni en conjunto ni aisladamente. Pero alguien sin demasiados escrúpulos podría llevarlos a la situación difícil de tener que pronunciarse acerca de algún tema de contenido moral, colocándolo artificialmente en la agenda política. Ya hay “operadores eclesiásticos” del kirchnerismo queriendo forzar a una oposición heterogénea a abrir debates estériles.

Un mínimo de honestidad intelectual exigiría a esos aprendices de brujos, estar dispuestos también a discutir, por ejemplo, otras políticas públicas y estilos de gestión, ciertos modelos de exclusión social, las prácticas corruptas que quedan impunes, el valor de la ley en la vida social.

Quienes gustan diseñar operaciones para usar políticamente a la Iglesia, deberían pensar ante todo, a qué sujeto se dirigen. Iglesia son todos los católicos, y no solamente los obispos. Y los primeros que saben esto son los propios obispos, que por lo mismo evitan quedar atrapados en este tipo de dialécticas.

Siempre es bueno recordar las ideas fundamentales en esta materia. “La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio campo. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social de unos mismos hombres. Este servicio lo realizarán con tanto mayor eficacia para el bien de todos cuanto mejor practiquen entre ellas una sana cooperación, habida cuenta de las circunstancias de lugar y de tiempo” (Gaudium et spes 76).

 Autonomía y cooperación son los pilares de una buena relación.

Es cierto que muchas veces, los primeros en evocar con nostalgia la unión entre “la cruz y la espada”, los tiempos en que el poder temporal parecía servir al espiritual, aunque solía ser este último el sometido a aquél, son algunos católicos. En este contexto intelectual las políticas prebendarias son normales y hasta deseables. No se valora la independencia, sino el poder, porque en el fondo el Evangelio no es visto como algo que se propone, sino que se impone. Quienes piensan así, no siempre por maldad sino por mera ignorancia o formación anticuada, son quienes se prestan a las manipulaciones. Afortunadamente, cada vez son menos.

La Iglesia en la Argentina, ha ido madurando. Sabe que no puede poner su esperanza en los favores del poder político. Que su fuerza está en el espíritu que la anima, y que vive en la multitud de los creyentes, en los pobres, en los limpios de corazón, en los que no buscan sus mezquinos intereses personales sino la paz y la justicia.

Esa Iglesia acepta y quiere una sana cooperación con el Estado, que no es mescolanza con el gobierno de turno, sea cual fuere. Es la cooperación a la luz del día, sin intereses escondidos ni favores que hay que pagar. Son mayoría los obispos que no andan designando funcionarios ni dando directivas a las autoridades civiles, pero al mismo tiempo esperan no ser utilizados en maniobras mezquinas, ni acallados cuando levantan la voz en defensa de quienes no tiene voz. Ojalá así sea entendido siempre y por todos.(www.caraycecaonline.com.ar)

(*) Esta columna Editorial  volverá a ser publicada a partir de Marzo. Hasta entonces.