Editoriales El tema de la semana

Un oscuro día de silencio

Los dictadores de 1976

Por el contrario, hubo algunas declaraciones en favor del nuevo gobierno y el día culminó sin disturbio alguno pese a la presencia de tanques en la Plaza de Mayo.(por Jorge Augusto Avila)

  1. Buenos Aires 24 de marzo. (caraycecaonline) A cuarenta y dos años del último golpe militar, es oportuno realizar algunas reflexiones sobre su contexto, las respuestas sociales y los alcances políticos que se extendieron en el tiempo hasta nuestros días. Quizá sea hora ya de un balance realista que deje los maniqueísmos de lado y permita un veraz acercamiento a las circunstancias.

La mañana del 24 de marzo de 1976, un miércoles nuboso y fresco, para muchos comenzó con la recitación enfática del “Comunicado nº 1” que daba cuenta que la Junta de Comandantes militares se hacia cargo del control del Estado nacional en todos sus órdenes, y además del Estado de Sitio que anulaba las garantías constitucionales, se declaraba “en operaciones”. Sin embargo, aquella dura conculcación, e indicio de la continuidad y escalada de la persecución hacia ciertos estamentos de la sociedad, no sorprendió ni motivó repudios o grandes movilizaciones sociales. Por el contrario, hubo algunas declaraciones en favor del nuevo gobierno y el día culminó sin disturbio alguno pese a la presencia de tanques en la Plaza de Mayo.

¿Cuál era el mensaje de esta rara paradoja que acompañó la instauración del pomposo “Proceso de Reorganización Nacional”, que culminaría con resultados económicos, sociales y bélicos desastrosos ?. Quizá el hartazgo de una sociedad que durante los cuatro años previos advirtió las fintas entre un general obcecado y sin liderazgo (Alejandro Agustín Lanusse) y otro, con liderazgo exiliado que volvia, como él mismo afirmò, “desencarnado” (Juan Domingo Perón); de las formaciones especiales a la guerrilla inclemente; de los discursos triunfalistas al desastre cotidiano; de la esperanza al terror; de la juventud maravillosa a la muerte del último caudillo popular, llorado masivamente y sin distinción de clases o banderías. Su postrer gesto de unidad, junto a Ricardo Balbín, culminaba con él.
Ya lo había anunciado el triunfante nuevo mandatario tres meses antes, en su discurso de Navidad, ante soldados del Operativo Independencia en la provincia de Tucumán. “La especulación política, económica e ideológica, deben dejar de ser los medios utilizados por grupos de aventureros para lograr sus fines. El orden y la seguridad de los argentinos deben vencer el desorden y la inseguridad””, afirmó Jorge Rafael Videla con tono de ultimátum.

Para las efemérides se ha elegido este día como el Día de la Memoria, y debemos asumir nuestro pasado sin beneficio de inventario. Tergiversar, ocultar u omitir los hechos o parte de ellos sería, justamente, traicionar la memoria de los argentinos. Un país maduro que pretenda superar su pasado trágico debe, primero, conocerlo. ¿Qué sentido tiene para la sociedad argentina, recordar ese 24 de marzo de 1976?
Los actos que se conmemoran hoy tendrán sentido si lo que se busca es conocer la verdad desnuda para no repetir la fracasada, dolorosa y sangrienta experiencia que vivimos los argentinos en la década del 70. Es un deber urgente decir la verdad a todos. Y la verdad es que no empezó un 24 de marzo ni fueron los militares los únicos responsables de esa década luctuosa. Fueron también los civiles, los que integraron la Triple A, haciendo terrorismo desde el Estado, y las bandas terroristas de la izquierda. Los años de plomo empezaron antes, con los gobiernos constitucionales de  presidentes ilegítimos y sectarios. También hay que recordar que víctimas y victimarios hubo en los dos lados. Algunos que murieron en su ley, matando. Otros, en cambio, fueron mutilados de la sociedad por su humanismo insobornable.
El papa Francisco, en una de sus visitas continentales, hizo una profunda reflexión acerca de los pueblos que se empecinan en recordar su pasado, para poder afrontar con confianza los retos del futuro, y los que lo olvidan ignorando las consecuencias. “La memoria salva el alma de un pueblo de aquello o de aquellos que quieren dominarlo o utilizarlo para sus propios intereses”. El resto es silencio; o vocingleria barata y de ocasión.(www.caraycecaonline.com.ar)